INTERVENCIÓN IMPERIAL Y OPOSICIÓN DISTÓPICA EN COLOMBIA (I)
América Latina no es un territorio en disputa: es un territorio administrado. Desde hace dos siglos, bajo distintos lenguajes y excusas, Estados Unidos ha ejercido un control sistemático sobre la región, redefiniendo la soberanía ajena como un problema de “seguridad nacional” propia. Hoy, en medio del reacomodo geopolítico global, esa lógica se reactualiza con torpeza, arrogancia y una violencia cada vez menos disimulada. En este contexto, la política de la oposición en Colombia es una distopía que hace posible y necesario pensar una utopía progresista.
Intervención imperial
Siempre hemos
sabido que las dirigencias liberales y conservadoras de América Latina han
gobernado de rodillas. Durante dos siglos, la Doctrina Monroe — y hoy su
versión caricaturesca y brutalizada — ha operado como principio
rector de la política hemisférica de Estados Unidos: “América para los
americanos”. Lo que comenzó como una estrategia de defensa frente a Europa
terminó convertido en un hegemonismo destinado a proteger intereses
geopolíticos y geoestratégicos bajo la coartada permanente de
la “seguridad nacional” o la “soberanía”, según la ocurrencia del
presidente de turno.
Ayer fue Europa el
enemigo; hoy lo son China, Rusia y cualquier potencia que intente proponer
cooperación o inversión en América Latina sin autorización imperial. En el fondo la
autodeterminación no existe. Lo que existe es una política sistemática de control
y subordinación. Por eso la región se auto declara “zona de
paz” no porque haya justicia, desarrollo o equilibrio, sino porque
las sublevaciones son internas y ninguna potencia global ha osado disputar
seriamente el dominio estadounidense en este territorio que va de México a la
Patagonia.
En este esquema,
América Latina no es un actor político, sino un espacio administrado. Los
recursos naturales, las rutas comerciales y las decisiones estratégicas se
subordinan a un centro de poder externo. La región se mantiene estable no por
consenso, sino por dependencia. Esa es la verdadera arquitectura del
llamado “orden hemisférico”.
Trump no
inventó esta lógica, pero la llevó a su forma más grotesca. Defiende
el dominio regional con un estilo torpe, neoliberal, violento y arrogante, sin
descartar ningún medio: político, militar o económico, o la combinación de los
tres. Poco le importan los reclamos diplomáticos del sur, convertidos en
rituales vacíos dentro de organismos internacionales que ya no incomodan a
nadie.
La expansión del
discurso al llamado “patio norte”, con las pretensiones sobre Groenlandia,
muestra hasta qué punto el desorden imperial se ha
globalizado, porque Dinamarca firma hacer parte del Gaza Resort,
y a los pocos días Trump amenaza con tomar Groenlandia. Europa,
entre una OTAN también subordinada al
Pentágono y la perdida de relevancia estratégica, aparece hoy
como una potencia que depende del escudo nuclear estadounidense
y disciplinada por una arquitectura de seguridad que ya no controla.
Panamá volvió a quedar bajo control de Estados Unidos. En Venezuela ya no está Maduro e impuso una reforma constitucional para acceder a la explotación del petróleo, más la decisión de comprar con los ingresos petroleros bienes producidos en Estados Unidos: una especie de TLC de la dominación, unilateral y relámpago. De nada le sirvió a Venezuela comprar un poderoso armamento si no aprendió a usarlo. Ecuador, convertido en puente de intervención en Colombia, alegando escasa colaboración en la lucha contra el narcotráfico cuando ahora es puerto de exportaciones de cocaína y fentanilo a Estados Unidos y Europa. Trump, continuará sometiendo al resto de América Latina. Sigue Cuba que no podrá sobrevivir a un bloqueo total, salvo que el mundo encuentre la manera de asistirlo. Brasil, será la excepción por su tamaño, desarrollo y porque hace parte de los BRICS. Tal vez México tampoco cederá porque el mundo se le vendrá encima si pone un soldado en tierra azteca.
Entonces, ocupado en el negocio de Gaza Resort, a punto de terminarse la guerra en Ucrania, ocupada la Unión Europea con la OTAN y Groenlandia, y el “patio sur” bajo control, tiene ahora como objetivo a Colombia, donde quiere poner presidente de la república en las elecciones de 2026. Para ello tiene el apoyo de una dirigencia que trajo la violencia más cruel al sur de las Américas, apoyada en Cortes que deciden a nombre de una oposición distópica y en contra del estado de derecho, de la constitución y de las mayorías. Tenebrosos magistrados conforman las Cortes y el Consejo Nacional Electoral, pero fue desde la Procuraduría que se gestó el ataque.
Colombia, oposición
distópica
Serán elecciones
sucias y agotadoras, cuyo único atractivo y esperanza es el Pacto Histórico,
porque la oposición es una espantosa
imagen distópica que se caracteriza por
condiciones de vida injustas y deshumanizadas para la
mayoría - primero la violencia liberal conservadora, luego la violencia
del Frente Nacional, y en los últimos 35 años la violencia neoliberal y de los cultivos
ilícitos -, es el opuesto a una utopía progresista.
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| Obra de Doris Salcedo. A las víctimas de la violencia en Colombia |
La oposición distópica en Colombia funciona como imaginarios que reflejan miedos sociales y políticos bajo regímenes autoritarios (Uribe), vigilancia extrema (Seguridad Democrática de Uribe), desastres ambientales (combustibles fósiles y destrucción de millones de hectáreas), y justicia de ultraderecha y no juez imparcial en defensa de los intereses de la nación y de las mayorías.
La distopía de Colombia se caracteriza por:
posturas
dictatoriales: control del
estado sobre los ciudadanos (violencia, represión y genocidio desde la
masacre de las bananeras en 1928 hasta el gobierno de Iván Duque en 2018 -
2022);
deshumanización: supresión de la libre expresión y monitoreo constante de la población a través del estado, y por distintas versiones de paramilitares, insurgencias y carteles del narcotráfico;
entornos deteriorados: periferias
abandonadas, guerra perpetua que hace imposible la paz total,
destrucción acelerada de las selvas del Pacífico y de la Amazonia, agotamiento
de las fuentes de agua que nacen en sus montañas;
y crisis del sistema
de salud con precarios servicios para los
pobres y la captura impune del presupuesto público;
desigualdad
extrema: descomunales diferencias entre
clases sociales y escasez de recursos por la baja tributación, uso y abuso
de los recursos públicos a través de la contratación público
privada (fondo de pensiones privados que invierten en el exterior y
no en desarrollos de largo plazo en Colombia), y sustracción de
recursos públicos porque se trata de la economía de
la contratación pública;
dependencia:
la
educación
y la ciencia y la tecnología son estructuras rezagadas por
lo cual la inversión en investigación es escasa, por tanto, no
hay aporte importante al conocimiento global, y por eso el
sistema productivo y de investigación no
desarrolló capacidades disruptivas en la revolución agraria 1.0, ni
en las actuales revoluciones de las industrias 4.0 y 5.0,
pasando sin pena ni gloria por la revolución
industrial (2.0) y la revolución informática (3.0);
subordinación: renuncia deliberada de la ultraderecha
a la soberanía y entrega incondicional a la potencia de
influencia, Estados Unidos en primer lugar, y Unión Europa en segundo término.
Colombia necesita abordar la
oposición distópica desde la literatura y el cine, me aventuraría también desde el arte, por supuesto desde la filosofía, porque
el género distópico es una herramienta narrativa para criticar tendencias
actuales (políticas, tecnológicas, ambientales y jurídicas) y advertir
sobre las consecuencias extremas de las mismas, desde su
mirada, contenidos y realidad, como otros lo han hecho. La
distopía política de Colombia es una desgracia histórica producto de la subordinación y de 200 años con una irracional derecha. Si la distopía es a
la oposición, la utopía es al progresismo.
P.D.: La utopía progresista (II). Próximo artículo.



