COLOMBIA: UN OSCURO PASADO UN FUTURO AMENAZADO
Desde el 31 de mayo de 2026 Colombia no ha dejado de recibir malas noticias del mundo político. Derrotas del progresismo y victorias discutibles de la ultraderecha neoliberal, que en cualquier circunstancia iba a ganar la presidencia de la república, porque era la decisión de Trump y de las dirigencias de Colombia.
Sin embargo, las evidencias de fraude son contundentes y numerosas las formas de como se hizo, están ante la justicia. Colombia siente que tendrá un presidente ilegitimo, por tanto, indeseado porque con el transcurrir de los días queda en evidencia que es un personaje oscuro, impreparado, ignorante y fascista, para gobernar la nación. Pero ¿ahora qué viene?
¿Regreso al pasado?
El capricho de ADEL de posesionarse en una guarnición militar, nos recuerda eventos como el Golpe de Pasto, ocurrido el 10 de julio de 1944 contra el presidente Alfonso López Pumarejo, que viajó al sur para asistir a una gran parada militar. Allí, un grupo de oficiales lo retuvo durante demasiadas horas en una hacienda en el municipio de Consacá.
A partir de ese intento de golpe de estado se inició el período de la Violencia entre liberales y conservadores: el periódico El Siglo fue cerrado, y Laureano Gómez se refugió en Quito. Él es abuelo de Enrique Gómez, recién elegido senador de la república; y de Miguel Gómez, futuro ministro de Hacienda del nuevo gobierno.
No fue en 1946 con el triunfo de Ospina Pérez, que derrotó a un liberalismo dividido, ni fue a partir del 9 de abril de 1948, con el magnicidio de Jorge Eliécer Gaitán, que se perfilaba como nuevo presidente de la república, cuando se inició el período de la Violencia en Colombia.
Fue en Pasto, con el pretexto de una parada militar, que se dieron los primeros pasos hacia una guerra interna la cual dejó unos 200.000 muertos, hasta cuando en 1957 se firmó la paz entre liberales y conservadores sin acordar la solución de los problemas sociales que en parte son la razón de un conflicto que dura hasta hoy. ¿Será que por eso De la Espriella quiere posesionarse en una guarnición militar en el sur, y mostrar que ahora los militares son sus guardianes y de una mal llamada patria “milagro” milagro de qué?
Aterra que los herederos de la violencia de la mitad del siglo XX, hagan parte del gobierno y del proyecto político de la nueva ultraderecha. Atormenta, porque el discurso de ADEL no deja tranquilo a nadie, incluidos los “nunca” que votaron por él pues serán los primeros en sentir los golpes de la austeridad fiscal, de la represión, y del fin de los subsidios, incentivos y reformas sociales, porque la prioridad del siguiente gobierno es preparar las condiciones para los nuevos negocios de la economía del mercado con los activos del Estado que son de todos los colombianos.
Del León al Tigre
Como consecuencia de los decretos de Milei en los primeros cien días de gobierno, y porque ya está en marcha el discurso para su reelección: Argentina está en venta. Dice el “León” que llegará mucha inversión extranjera a pagar altos salarios en dólares. Así Argentina será rica, tanto la nación como la gente.
El pueblo ingenuo, a veces ignorante ¿volverá a votar? Posiblemente sí, si el progresismo no se organiza, une, actualiza el discurso, hace marketing digital y usa la IA.
Hay que seguir el proceso político de Argentina, para entender los impactos que tendrá el gobierno del “Tigre”, porque el segundo paquete de la franquicia del “León” Milei, también se aplicará en Colombia en las elecciones de 2030.
Hoy no hay en Colombia liberales y conservadores enfrascados en una guerra política. Ahora es una nueva ultraderecha que pone presidentes en América Latina y en Europa bajo un mismo molde – por eso se llama franquicia -, contra una fuerza política progresista y democrática, cuyas banderas en Colombia son la lucha contra la desigualdad social, la educación pública y de calidad para todos, la soberanía nacional, las energías alternativas como opción al extractivismo fósil, la ciencia y la tecnología para la reindustrialización, la defensa de los recursos naturales, el desarrollo regional, el reordenamiento de las instituciones internacionales y de los centros del poder mundial.
En un gobierno de Iván Cepeda se hubieran logrado acuerdos en temas estratégicos para afianzar e impulsar reformas sociales y políticas con el fin de avanzar en los objetivos de largo plazo que hagan de Colombia una nación avanzada, soberana, educada, interdependiente y sostenible.
Lo anterior en un gobierno de ADEL es imposible, porque no tiene idea distinta a capturar recursos públicos, beneficiar únicamente a los más superricos, legalizar dineros ilegales, eliminar a los que no sean funcionales a la franquicia, y vender los recursos naturales que necesita Estados Unidos.
En el supuesto de un mínimo acuerdo nacional que proponga ADEL, tal como lo dijo en campaña y cuando recibió la credencial de presidente electo, sería fácil aprobar la ley de pensiones, una reforma al sistema de salud, la ley de tierras para perfeccionar la reforma agraria, desarrollar el campo para erradicar la ilegalidad e impulsar la autosuficiencia alimentaria, promover la reindustrialización, mejorar la educación pública y el acceso a la misma.
También lograr la paz a las buenas o a las malas protegiendo a la población civil y avanzando en la política agraria del primer gobierno progresista, y al mismo tiempo avanzar en una transición energética sostenible, porque el fracking es una irracionalidad. Habría que establecer un acuerdo político que conduzca a reformas que traigan recursos frescos al presupuesto de la nación, como los 21 billones de la nueva reforma tributaria que deja Petro para decisión del Congreso y del mandadero de Trump, dineros que se dedicarían a inversión social y desarrollo, manteniendo el déficit fiscal abajo del 7% del PIB.
Si hay inversión para el desarrollo, la regla fiscal no se debe cumplir así el FMI, el BM, el Banco de la República y los tecnócratas neoliberales digan lo contrario, como Restrepo, el vicepresidente electo y sus ministros de la economía. Un neoliberalismo dependiente y agresivo es lo peor que le puede suceder a una sociedad que debe encontrar la paz para una feliz convivencia y que tiene todo por hacer para convertirse en una sociedad que progresa. Un siglo de violencia es demasiado tiempo para continuar con más años de crueldad, corrupción, desigualdad y atraso.
Un futuro que ojalá no sea doloroso
Un acuerdo nacional de mínimos hubiera propuesto Iván Cepeda, el cual parece difícil con el estridente presidente electo, porque su actitud es la de un autoritario precario, furioso con los colombianos de a pie, en bus o en moto, y obediente a sus paisanos del norte, porque en la agenda de la franquicia no está desarrollar la nación en las nuevas condiciones y retos del país y del mundo, sino de hacer una patria obediente al poder decadente de la ultraderecha neoliberal del norte global.
El centro hubiera podido jugar una carta a favor de un acuerdo nacional, pero tienen un problema: su ingenuidad, su superioridad de la nada, su supuesta neutralidad para un momento que requiere decisión, verticalidad, compromiso, creatividad, conocimiento y generosidad con una nación que desarrolló una tremenda fuerza de 12.7 millones de progresistas que emergieron desde la base de la pirámide social. Desde los escritorios y desde el confort, no se alcanza a vislumbrar su capacidad de respuesta y resistencia, porque fueron ellas y ellos los que hicieron posible los millones de votos de la fuerza progresista.
Así, el centro, callado, mira la desgracia que pudieron evitar, porque no tiene respuesta para una nación que requiere de nuevas construcciones ideológicas, políticas, económicas, sociales y culturales, amigables y cercanas a un pensamiento progresista que siempre debe recibir preguntas para nuevas respuestas.
No puede haber centro derecha, porque eso no existe. Quien ahora es de derecha, es de ultraderecha. Sin embargo, el centro y la centro izquierda, es la fuerza que debe unirse con el progresismo, para construir una visión de país y desde ahí enfrentar las tormentas que se avecinan, porque ya De la Espriella pulverizó las instituciones de la paz y de los derechos humanos, tal cual lo dice el estudio sobre la precarización del Estado, que alguien pagó.
Si un marco más amplio de colaboración duradera no es posible entre progresistas y el centro, el progresismo tiene la obligación de asumir la inmediata lucha política, pacífica, democrática e inspiradora para evitar un retroceso inmenso y una carga insoportable de deshumanización, desinstitucionalización y desesperanza.
Los días por venir hasta el 7 de agosto, pueden ser de alta tensión, porque la convivencia y la democracia están amenazadas por un nuevo gobierno de retroceso y sumisión, con el fin de imponer un equivocado modelo de crecimiento, una sociedad anestesiada por las religiones de la franquicia, por la alergia incontenible del consumismo, y porque occidente estará bajo el dominio del extractivismo, de la intervención y de la guerra en donde pueda, hasta que Trump sea presidente.
El verdadero desafío de Colombia no solo consiste en resistir el nuevo proyecto político, también consolidar una alternativa capaz de ajustar las instituciones, cambiar el enfoque del modelo de crecimiento neoliberal, recomponer el Estado, ampliar los derechos y fortalecer la soberanía nacional. Todo irá ocurriendo en medio de una enorme incertidumbre por razones judiciales asociadas a los resultados de la segunda vuelta presidencial, a entender y superar la bestialidad que cometieron los segmentos pobres y de medianos ingresos que cayeron como idiotas en la trampa que les tendieron con la IA, y los incomprensibles anuncios de gobierno del presidente electo, que está "detripando" el Estado.
La esperanza: el Pacto Histórico que debe cohesionar una potente Alianza por la Vida porque no se puede dar NI UN PASO ATRÁS.
