domingo, 1 de febrero de 2026

INTERVENCIÓN IMPERIAL Y OPOSICIÓN DISTÓPICA EN COLOMBIA (I) 

 

América Latina no es un territorio en disputa: es un territorio administrado. Desde hace dos siglos, bajo distintos lenguajes y excusas, Estados Unidos ha ejercido un control sistemático sobre la región, redefiniendo la soberanía ajena como un problema de “seguridad nacional” propia. Hoy, en medio del reacomodo geopolítico global, esa lógica se reactualiza con torpeza, arrogancia y una violencia cada vez menos disimulada. En este contexto, la política de la oposición en Colombia es una distopía que hace posible y necesario pensar una utopía progresista.  

 

Intervención imperial 

 

Siempre hemos sabido que las dirigencias liberales y conservadoras de América Latina han gobernado de rodillas. Durante dos siglos, la Doctrina Monroe — y hoy su versión caricaturesca y brutalizada — ha operado como principio rector de la política hemisférica de Estados Unidos: “América para los americanos”. Lo que comenzó como una estrategia de defensa frente a Europa terminó convertido en un hegemonismo destinado a proteger intereses geopolíticos y geoestratégicos bajo la coartada permanente de la “seguridad nacional” o la “soberanía”, según la ocurrencia del presidente de turno.

 

Ayer fue Europa el enemigo; hoy lo son China, Rusia y cualquier potencia que intente proponer cooperación o inversión en América Latina sin autorización imperial. En el fondo la autodeterminación no existe. Lo que existe es una política sistemática de control y subordinación. Por eso la región se auto declara “zona de paz” no porque haya justicia, desarrollo o equilibrio, sino porque las sublevaciones son internas y ninguna potencia global ha osado disputar seriamente el dominio estadounidense en este territorio que va de México a la Patagonia. 

 

En este esquema, América Latina no es un actor político, sino un espacio administrado. Los recursos naturales, las rutas comerciales y las decisiones estratégicas se subordinan a un centro de poder externo. La región se mantiene estable no por consenso, sino por dependencia. Esa es la verdadera arquitectura del llamado “orden hemisférico”. 

 

Trump no inventó esta lógica, pero la llevó a su forma más grotesca. Defiende el dominio regional con un estilo torpe, neoliberal, violento y arrogante, sin descartar ningún medio: político, militar o económico, o la combinación de los tres. Poco le importan los reclamos diplomáticos del sur, convertidos en rituales vacíos dentro de organismos internacionales que ya no incomodan a nadie. 

 

La expansión del discurso al llamado “patio norte”, con las pretensiones sobre Groenlandia, muestra hasta qué punto el desorden imperial se ha globalizado, porque Dinamarca firma hacer parte del Gaza Resort, y a los pocos días Trump amenaza con tomar Groenlandia. Europa, entre una OTAN también subordinada al Pentágono y la perdida de relevancia estratégica, aparece hoy como una potencia que depende del escudo nuclear estadounidense y disciplinada por una arquitectura de seguridad que ya no controla. 

 

Panamá volvió a quedar bajo control de Estados Unidos. En Venezuela ya no está Maduro e impuso una reforma constitucional para acceder a la explotación del petróleo, más la decisión de comprar con los ingresos petroleros bienes producidos en Estados Unidos: una especie de TLC de la dominación, unilateral y relámpago. De nada le sirvió a Venezuela comprar un poderoso armamento si no aprendió a usarlo. Ecuador, convertido en puente de intervención en Colombia, alegando escasa colaboración en la lucha contra el narcotráfico cuando ahora es puerto de exportaciones de cocaína y fentanilo a Estados Unidos y Europa. Trump, continuará sometiendo al resto de América Latina. Sigue Cuba que no podrá sobrevivir a un bloqueo total, salvo que el mundo encuentre la manera de asistirlo. Brasil, será la excepción por su tamaño, desarrollo y porque hace parte de los BRICS. Tal vez México tampoco cederá porque el mundo se le vendrá encima si pone un soldado en tierra azteca.


Entonces, ocupado en el negocio de Gaza Resort, a punto de terminarse la guerra en Ucrania, ocupada la Unión Europea con la OTAN y Groenlandia, y el “patio sur” bajo control, tiene ahora como objetivo a Colombia, donde quiere poner presidente de la república en las elecciones de 2026. Para ello tiene el apoyo de una dirigencia que trajo la violencia más cruel al sur de las Américas, apoyada en Cortes que deciden a nombre de una oposición distópica y en contra del estado de derecho, de la constitución y de las mayorías. Tenebrosos magistrados conforman las Cortes y el Consejo Nacional Electoral, pero fue desde la Procuraduría que se gestó el ataque.  

 

Colombia, oposición distópica

 

Serán elecciones sucias y agotadoras, cuyo único atractivo y esperanza es el Pacto Histórico, porque la oposición es una espantosa imagen distópica que se caracteriza por condiciones de vida injustas y deshumanizadas para la mayoría - primero la violencia liberal conservadora, luego la violencia del Frente Nacional, y en los últimos 35 años la violencia neoliberal y de los cultivos ilícitos -, es el opuesto a una utopía progresista.


Obra de Doris Salcedo. A las víctimas de la violencia en Colombia 

La oposición distópica en Colombia funciona como imaginarios que reflejan miedos sociales y políticos bajo regímenes autoritarios (Uribe), vigilancia extrema (Seguridad Democrática de Uribe), desastres ambientales (combustibles fósiles y destrucción de millones de hectáreas), y justicia de ultraderecha y no juez imparcial en defensa de los intereses de la nación y de las mayorías.

 

La distopía de Colombia se caracteriza por:  

 

posturas dictatoriales: control del estado sobre los ciudadanos (violencia, represión y genocidio desde la masacre de las bananeras en 1928 hasta el gobierno de Iván Duque en 2018 - 2022); 


deshumanización: supresión de la libre expresión y monitoreo constante de la población a través del estado, y por distintas versiones de paramilitares, insurgencias y carteles del narcotráfico;  


entornos deteriorados: periferias abandonadas, guerra perpetua que hace imposible la paz total, destrucción acelerada de las selvas del Pacífico y de la Amazonia, agotamiento de las fuentes de agua que nacen en sus montañas; y crisis del sistema de salud con precarios servicios para los pobres y la captura impune del presupuesto público; 


desigualdad extrema: descomunales diferencias entre clases sociales y escasez de recursos por la baja tributación, uso y abuso de los recursos públicos a través de la contratación público privada (fondo de pensiones privados que invierten en el exterior y no en desarrollos de largo plazo en Colombia), y sustracción de recursos públicos porque se trata de la economía de la contratación pública; 


dependencia: la educación y la ciencia y la tecnología son estructuras rezagadas por lo cual la inversión en investigación es escasa, por tanto, no hay aporte importante al conocimiento global, y por eso el sistema productivo y de investigación no desarrolló capacidades disruptivas en la revolución agraria 1.0, ni en las actuales revoluciones de las industrias 4.0 y 5.0, pasando sin pena ni gloria por la revolución industrial (2.0) y la revolución informática (3.0); 


subordinación: renuncia deliberada de la ultraderecha a la soberanía y entrega incondicional a la potencia de influencia, Estados Unidos en primer lugar, y Unión Europa en segundo término. 

 

Colombia necesita abordar la oposición distópica desde la literatura y el cine, me aventuraría también desde el arte, por supuesto desde la filosofía, porque el género distópico es una herramienta narrativa para criticar tendencias actuales (políticas, tecnológicas, ambientales y jurídicas) y advertir sobre las consecuencias extremas de las mismas, desde su mirada, contenidos y realidad, como otros lo han hecho. La distopía política de Colombia es una desgracia histórica producto de la subordinación y de 200 años con una irracional derecha. Si la distopía es a la oposición, la utopía es al progresismo.


P.D.: La utopía progresista (II). Próximo artículo.

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